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Extracto de «Hijabistan»

Por Sabyn Javeri / Traducción por Yeisil Peña Contreras

Este texto es una traducción del inglés realizada por Yeisil Peña Contreras del libro de relatos Hijabistan (2022). A continuación, se presentan la introducción y un fragmento del primer cuento: «Annie, la entrenadora».

Introducción

En los últimos años, el hiyab o velo que usan las mujeres que siguen el Islám se ha convertido en un símbolo visiblemente político de la identidad musulmana, por lo que es complejo imaginárselo simplemente como un pañuelo en la cabeza. Para mucha gente en el mundo musulmán, una mujer que lleva el hiyab es una mujer devota. Para otros, especialmente donde la comunidad musulmana es minoría, una mujer con velo es una amenaza. Si una mujer elige ocupar el hiyab, se asume que fue radicalizada, y si se le impone su uso, se cree que vive oprimida por el patriarcado. ¿Qué pasa si vamos más allá de la interpretación superficial del hiyab como una simple prenda de vestir? ¿Qué pasa si miramos más de cerca la epistemología del hiyab? En Hiyabistán, traté de ilustrar cómo el hiyab es un velo metafórico entre una mujer musulmana y la idea del ser. O sea, analizo la desconexión que existe entre la mujer y la sociedad, entre mujeres y hombres, y aún más importante, entre mujeres y otrxs mujeres. Hiyab significa velo y la terminación -tan se asocia con un territorio bajo algún tipo de dominación. Juntos, Hiyabistán significa un mundo oculto por el velo; un territorio dividido donde la verdad interna de una persona es diferente de su identidad externa. 

Basados en una serie de entrevistas etnográficas con mujeres musulmanas pakistaníes (y en la diáspora) de diferentes grupos sociales, estos cuentos han sido adaptados no solo para proteger las identidades de lxs informantes, sino también para evocar una conexión de empatía que solamente se encuentra en la ficción. El periodismo y sus estadísticas, por ejemplo, no logran humanizar las experiencias de las mujeres como lo hace la ficción. La verdad nunca es objetiva, pero tampoco lo es la historia. La literatura al menos nos provee de espacios para verla desde diferentes perspectivas. Por lo tanto, creo firmemente que la ficción une a la gente. A veces hay más verdad en la ficción que en los hechos, por lo que el narrar cuentos requiere que lx escritorx esté inmersx en el mundo que está creando. Además, requiere que lx lectorx invierta sus energías en el relato y cuestione sus propios sesgos. Es con esa intención en mente que adapté mi investigación, y espero que lx lectorx sea capaz no solo de empatizar con lxs personajes de estos cuentos, sino también de cuestionar sus propios sesgos. 

Más allá de lo físico, Hiyabistán es un libro sobre lo metafísico. Uno de los temas en Hiyabistán es el deseo de las mujeres, cuyo propósito puede ser servir a Dios o a su propia ambición. Traté de usar la idea del hiyab como un velo alegórico que cubre estos deseos, ya que las mujeres deben aceptar los roles que la sociedad ha dictado para ellas. La forma en que las mujeres socializan para convertirse en esposas, madres sacrificadas, hijas diligentes, trabajadoras reservadas y amantes asexuales, son roles sumisos que la fuerzan a ponerse un hiyab sobre sus propios sueños, deseos y libre albedrío. Por esta razón, ésta es una colección de cuentos que desafía el constructo social del hiyab en las vidas de las mujeres musulmanas. 

Los relatos de esta colección nacen a partir de varios temas de la agencia feminista interseccional, cultural y social. Cada uno muestra la resiliencia de mujeres musulmanas enfrentadas a complicados mundos patriarcales religiosos y sociales. En este contexto, el velo se transforma en una forma de resistencia y resiliencia. Mientras que para algunxs es un símbolo de esperanza y empoderamiento, para otrxs es una forma de imponer sumisión y duplicidad. En «Annie, la entrenadora», analizo cómo el velo puede ser una forma de empoderamiento de la identidad personal y no solo de la identidad religiosa. En «La infiel», muestro el hiyab como una forma simbólica del velo que oculta la creatividad de la mujer. En «La cita», hablo sobre el acoso laboral, pero en vez de mostrar a la protagonista femenina como víctima, la describo como una sobreviviente, desenvolviéndose en el difícil mundo de los espacios dominados por los hombres. A través del personaje del jefe casado, muestro la hipocresía de los empleadores masculinos que motivan a las mujeres a usar el hiyab en el trabajo mientras explotan a las mujeres sexualmente, pues su única opción es hacerse parte del ciclo de explotación. 

En el cuento «Radha», narro la vida de una trabajadora sexual envejecida que se niega a tener vergüenza de su sexualidad. Ella es la principal fuente de ingreso de su familia y, mientras que la familia está feliz de aceptar sus ingresos, están también avergonzadxs de aceptar su profesión. El cuento explora opresiones entrelazadas que las mujeres como Radha enfrentan en sociedades patriarcales, tales como la discriminación por edad, el trabajo sexual y la hipocresía. 

En «El deseo», me basé en entrevistas a quienes esperan juicios en cárceles de mujeres. Allí muestro evidencia cómo la sexualidad reprimida tiene efectos muchas veces implícitos en la salud mental de las mujeres. En «Un mundo sin hombres» y «El hiyab convertido en ella», me pregunto porqué el velo es un símbolo de virtuosidad en el Sur Global, pero un emblema de terrorismo, miedo y de opresión en el Norte Global. En «Punto final,» se observa al velo que simbólicamente cubre la menstruación, lo que usualmente se transforma en un tema tabú en las sociedades de Asia del Sur. En «Una pérdida irreparable», muestro a la ‘nueva sirvienta’ como una mujer empoderada a cargo de su agencia sexual que revierte las dinámicas de una empleadora Baji [1], quien vive atrapada en el ciclo del materialismo, invitando a lx lectorx a decidir quién es la víctima allí. En «Debajo del desnivel», analizo el hiyab como un velo que también cubre los deseos de los hombres, mostrando cómo los hombres son forzados a proyectar una masculinidad tóxica. 

De esta forma, me baso en varios relatos y testimonios para entender al hiyab como algo mucho más grande que el emblema de identidad islámica al que se le ha reducido. Al dar un paso al costado de la definición del hiyab como un simple velo para la cabeza, espero criticar la sobre simplificación de las identidades de las mujeres musulmanas. A través de estos cuentos, espero facilitar un debate más amplio sobre lo que revelamos y ocultamos (usando el hiyab), y también para complejizar esas realidades y subjetividades al profundizar el debate sobre qué cuenta como opresión y qué significa empoderamiento. En este sentido, me parece pertinente terminar con unas líneas de «Un mundo sin hombres»: 

Todo es una historia. Y todxs estamos hechos de historias. Historias que les decimos a otrxs, historias y cuentos que nos decimos a nosotrxs mismxs e historias que no queremos que nadie sepa. 

Annie, la entrenadora

Al principio fui una curiosidad, una pequeña molestia, luego un fastidio, una irritación, un problema y finalmente un objeto de odio. Cuando la gente te empieza a odiar es porque tienen miedo. Miedo de tu poder. Bueno, estaba recibiendo bastante odio. ¿Eso me hizo poderosa? Supongo que sí. 

Siempre he sido la rara en nuestro pequeño pueblito de Yorkshire. La chica p*ki[2] con el pañuelo en la cabeza y espinillas. En ese orden, créanlo o no. Debería haber sido al revés. Las espinillas salieron primero. Puntos rojos de enfado que decoraron mi cara como un árbol de Navidad. Mi mamá hizo que me raspara mi piel grasosa con una malla metálica y me lavara la cara con un jabón duro todos los días —pero eso solo lo hizo peor. Mi cara se puso seca y escamosa como la piel de una lagartija del desierto. El eccema se esparció hasta mi cuero cabelludo y, lento pero seguro, mi pelo se empezó a caer. 

Fui la única hija entre cuatro hermanos y mi mamá no podía aguantar la vergüenza. Ahí es cuando apareció el pañuelo en la cabeza en mi vida. Un día, mi mamá se me acercó con una hermosa tela rosada y la envolvió en mi cabeza calva, metiendo las puntas bajo mi mentón. La mirada de felicidad en sus ojos fue inolvidable. Yo también sentí como si mi feminidad hubiera sido finalmente validada ante ella.

Mi mamá inventó que era un tema religioso, haciendo alarde a lxs vecinxs de cuán devota era su hija, y en algún momento durante ese tiempo, yo también empecé a creerlo así. Me tomé el hiyab como algo muy serio, incluso más que mis rezos. Hasta ese punto, prefería un pedazo de tela a una peluca. Créanme, usar una peluca no es muy agradable cuando tienes solo ocho años. Tener un pedazo de tela envolviendo mi cabeza era más fácil que hacer malabares con un mechón de pelo cuando lo más emocionante en la vida era correr sin sentido en el patio trasero con mis hermanos, con mi mamá gritando que éramos hijos del demonio. Nadie la escuchaba, menos en ese momento. 

A veces me pregunto si ella era invisible, porque a pesar de su voz aguda, la gente tenía el hábito de irse mientras ella hablaba. Y a ella le encantaba hablar. Esos días, hablaba sobre mi hiyab. No podía dejar de presumir cómo todxs nos íbamos al cielo gracias a su hija tan virtuosa, qué orgullosa estaba de mí por usar el hiyab y aceptar la voluntad de Dios, de mi gran, gran sacrificio. Usualmente la miraba impasible mientras balbuceaba, preguntándome cómo un pedazo de tela podía ser tan poderoso que garantizaba una entrada expedita al paraíso. Y además, me preguntaba por qué ella no llevaba uno si era, al parecer, tan especial.

Igual mi mamá lo intentó. Pero mi mamá no podía acostumbrarse a usar uno regularmente, aunque se cubría su cabeza con un chal holgado cuando salía. Mucho lío, habría dicho, cuando al contrario me compraba hermosos pañuelos de seda para amarrarlos en mi cabeza. Pero yo prefería los paños de cocina a los elegantes pañuelos bordados que me compró en Bradford. Simplemente no soportaba el material sedoso que ella prefería. Se resbalaba por todos lados. El hiyab más simple, áspero, que se adaptara a mi cráneo, era el que mejor me quedaba. Junto a mi huesudo cráneo, se acomodaba prolijamente como un pasamontaña, y se quedaba ahí. Estoy segura de que impidió que mis vecinxs pakistaníes, tan copuchentxs como siempre, atribuyeran mi calvicie a un castigo por los pecados de mi mamá.

Traductora: Yeisil Peña Contreras


[1] En urdu e hindi, idiomas en India y en Pakistán, es un término de respeto hacia una mujer de más edad (Nota de la traductora).

[2] Término peyorativo usado para atacar a nacionales pakistaníes en el Reino Unido. He elegido no reproducirlo aquí ya que es una ofensa racista, islamofóbica y xenofóbica en ese contexto.


Sabyn Javeri

(1978) Nació en Karachi, Pakistán, y actualmente enseña Escritura Creativa en la New York University en Abu Dabi. Estudió en Pakistan y en el Reino Unido. Ha publicado dos novelas: Hijabistan (Harper Collins: 2019) y Nobody Killed Her (Harper Collins: 2017). También ha editado dos antologías multilingües con el trabajo de sus estudiantes. En 2017 dió la charla TED The Gender of the Written Word (El género de la palabra escrita). Más sobre su obra se puede encontrar en su página web: https://sabynjaveri.com/

Yeisil Peña Contreras

(1991) Nació en La Pintana y se crió en San Bernardo, Chile. Fue profesora de literatura en inglés en Chile y enseñó español en Nueva Zelanda. Actualmente está cursando su doctorado en la Universidad de Northumbria en Newcastle, Reino Unido. Su proyecto analiza las solidaridades feministas en ficción contemporánea en inglés y en español de escritoras marginalizadas de Nigeria, Pakistán, y Chile. 

Fotografía de portada por Selina Maya Jillani intervenida por Yene Revista