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Audio-cuento: «La Insomne»

Frau Diamanda/Héctor Acuña

Aunque no lo crean, hasta las desafortunadas llegamos a percibir que una forma de alimentarse es someterlos, matarlos y luego recordarlos

Claudia Rodríguez, Dramas Pobres (2015)

El Uccha es genuino. Doblada-sentada sobre silla, no puede ya ni pensar. Duele pensar en todo caso y en cualquier sentido. Todo alrededor se le antoja rutilantemente borroso o de un color gris lechoso: blancuzco. Su mirada pesa y cae como plomo sobre paredes, piso y mobiliario escaso; sin embargo, aún puede percatarse de la inexistencia de ventanas. Edificación clínica específica, asume. Ha llegado a las seis de la mañana y debe esperar a la especialista un par de horas más. Cuarenta y ocho horas sin dormir no es el límite en casos graves de insomnio, pero ha hecho gran mella ya no solo en su mente, sino también en su cuerpo: mareos, náuseas, inapetencia, pérdida de peso, temblores en las manos, dolores de pecho; el corazón por salir disparado. Languidece, se siente mártir incrustada en escena de Lynch, pero nada la había preparado para semejante escenografía de pabellón psiquiátrico. Sí, todo aquello que hemos visto en el cine o televisión sobre descalabros mentales no es nada en comparación con la realidad cruda del brazo duro del reordenamiento mental del sistema público. Al llegar sola y directa a la ventanilla de atención, Recepcionista de turno la mira con benevolencia e inquiere sobre su problema. Insomne sólo puede balbucear, sin perder la dignidad, que no ha dormido ya dos días y que no cree resistir más. Recepcionista Benevolente hace llamada mecánica al intercomunicador sin dejar el escrutinio visual. A los dos minutos, Dúo Inmaculado de enfermeros aparece conversando con animosidad. La localizan, alientan e invitan a marchar con ellos, haciendo señas con mano amistosa, casi coreográficamente. Insomne obedece y es guiada a través de pabellones, salas de espera y recovecos de Monstruo Blanco de Concreto, inodoro e iluminado in extremis. Trayecto largo es acompañado de preguntas precisas sobre su salud inmediata y comentarios  del clima y  política. Dúo Inmaculado sabe muy bien interpretar su papel, la conduce, muy condescendiente y sin titubear, hasta detenerse frente a Gran Puerta Metálica, llena de un intrincado sistema de botones. Insomne se ve reducida a algún código o cifra que atribuye a su estado de salud en aquella jerga sanitaria críptica. Lucecitas titilan y Gran Puerta Metálica  abre sus fauces de par en par. Se los traga. Trío ingresa e inmediatamente, las fauces se cierran compactas y con cierto estrépito. La indican sentarse en silla blanca de plástico y esperar su turno. Antes de quedarse sola, se le pasa por la cabeza pedir alguna pastilla a Dúo Inmaculado, pero Enfermera Bajita, que hace su aparición como si le hubiera leído el pensamiento, indica que no podrá tomar nada hasta después de la auscultación médica de rigor. Temperatura es verificada en hocico y axila. Pulso y reflejos manipulados. El escrutinio visual es riguroso y se siente incómoda al saber que no se ha delineado las cejas convincentemente esa mañana ¡Con qué ánimo por Dios!  Esa ceja, esa ceja que mantiene siempre ultra maquillada incluso cuando sale a botar la basura. Es indicada a seguir la espera con dedo índice y voz indolente en aquella desierta sala blancuzca-láctea. Se reacomoda. Literalmente, le duele pensar;  pero no tiene otra cosa más que hacer ahí sentada. Entonces, la pena la remece desde los cimientos más profundos, temblando y retorciéndose una vez más. La pena del desengaño, la pena de la vergüenza, la pena del desamor. La pena, pero también el miedo el cual pudo oír de forma nítida aquella madrugada en su habitación cuando un crack, que retumbó en la parte trasera de su cerebro con un sonido seco y absolutamente perceptible (acompañado de efluvios), anunció ineludible el descalabro emocional, iniciando su tormento psíquico y corporal. Muchos suelen pensar que los asuntos mentales quedan fuera de lo meritorio, pero a estas alturas del partido; nada es improbable. La cabeza pesante, la nuca atenazada con pavor descomunal de animal primitivo;  una lucha donde la voluntad ya es nula y la carne enferma se subleva.  No; no debió haberse enamorado y mucho menos del enemigo. No era el plan trazado. No era su misión  ¡Traición! Se ha traicionado a sí misma, pero, sobre todo, ha traicionado el encargo sagrado. Ha violentado ella misma su Kamaquin y ahora paga las consecuencias. 

No sonrías no

No sonrías no

Desde tu rabia azul

Desde tu rabia azul

Yo ya sé ubicar ese dolor que traspasaba la suerte

Yo ya sé ubicar ese color que rezumaba la muerte

Tus ojos negros y el pelo largo

Refulgen más claro que el cristal 

Sin embargo, la pesadilla está ahí punzándole psique y carne. Trata de buscar alguna explicación lógica, pero ¿quién posee lógica sin poder dormir? Sigue enroscada con la mente hecha una vorágine lechosa hasta que gritos y chillidos in crescendo retumban por el edificio; se cuelan por las paredes procedentes de la zona derecha del fondo del pasillo que aún está impedida de recorrer o mirar. Son indescifrables los lamentos, algunos débiles, otros enérgicos que se ven interrumpidos por enfermeros que corren veloces empujando camas diestramente desde la entrada del portal hacia adentro. Más chillidos babilónicos. Silencio. Gorjeos humanoides. Silencio. Pero ahí no termina el teatro de marionetas. Una hilera de chicas de diversos tamaños y edades irrumpe en escena, todas llevan camisón blanco y entran sigilosamente una tras otra al lavabo esperando turno y respetando espacio. Le recuerdan la película Inocencia Interrumpida, pero éstas son chicas mundanas (o más mundanas aún si se quiere). Entran y desaparecen geométricas, lineales, japonesas. Con todo este tableau vivant desplegado ante ella como única espectadora de lo más ridículo y farsesco – aunque de farsesco, nada, pues es tan real como la vida misma que le duele – claramente sus nervios ya andan a punto del colapso: un desmayo, un vahído, una mueca Munchiana.  Ya no puede más y en ese preciso instante, es salvada por un sonido que al parecer invoca su nombre verdadero. Otra vez Enfermera Bajita la llama con gesto de mano y cabeza. De un brinco salta de la silla como puede. No se tambalea aunque su cuerpo lo exige, entonces con casi los últimos vestigios de fuerza su dignidad se impone. La dejan en puerta de oficina mediana toda de madera. Psiquiatra la aguarda totémica montada en su silla. Es rubia, lleva gafas y por supuesto, uniforme sanitario riguroso. Aquí, se impone el escrutinio visual una vez más, pero más congelado que nunca. La especialista es un iceberg impenetrable, no parece humana, de hielo azulado quizás. La mira perforándola, la atraviesa con sus cuatro ojos, la deshumaniza; la convierte en Tubo de Ensayo donde pone la dosis médica adecuada buscando encarrilar por el sendero de la cordura a la oveja enferma. Así, la victoria de la medicina occidental continuará preservada inquebrantablemente. El poder de la ciencia y la razón sobre todo requiebro humano o cualquier vestigio de debilidad corporal o mental. El rechazo a otros conocimientos y otras formas de autopercibirse, considerados inferiores, se impone definitivamente. Descartada cualquier otra consideración de trascendencia lumínica fuera de lo humano o cristiano. El raciocinio occidental no concibe que la naturaleza juega a ocultarse, se muestra y se vela: es travesti, por lo que la concepción de su magnitud nos excede. 

Insomne balbucea su historia tratando de conservar algo de lógica, ni pensar en algún signo débil, ni mucho menos llorar frente al témpano de hielo quien previamente ha escudriñado su historial médico en el ordenador a través de su tarjeta sanitaria. No la trata en femenino, pero qué más da, solo quiere una solución inmediata a su grave aflicción. La inquiere más y más. Suelta de huesos, Insomne le brinda pormenores del maltrato físico y psicológico que ha sufrido durante los últimos meses, de la ingesta de hormonas y de los efectos emocionales de la pandemia global. Cuatro Ojos la encuadra, la somete a su fino microscopio cerebral. Previamente ha sujetado al bicho raro por sus cuatro extremidades, fijado sobre superficie aséptica y escarbado sus tripas solo con el poder de la mirada y discernimiento ¡Bingo! El diagnóstico es “insomnio global por shock post traumático”. Le habla de medicación requerida, ejercicio físico y hasta dietas, ahora ligeramente amable. Da indicaciones, ordena horarios y tiempo de medicación. Somnífero opiáceo y anti depresivos aparecen en su horizonte. Diagnóstico físico y firmado es entregado, pero antes de ponerlo en sus manos, pregunta mirándola fijamente si tiene ganas de quitarse la vida, a lo que Insomne responde rápida y sincera que solo quiere dormir. Es invitada a salir del despacho mediano de madera. Más despistada que nunca, Insomne trata de ubicar la salida cuando de pronto ve acercarse Muro Humano, conformado por un enfermero y dos enfermeras, deslizándose lento,  pero firme hacia ella. Muro Humano ruge ¿a dónde crees que vas? Con los seis brazos cruzados, en bloque, la escudriñan con frialdad y desdén. Entonces, Insomne solo atina a mostrar el diagnóstico que le es arrebatado y examinado con desconfianza. Le echan una última mirada con desprecio y es acompañada a Gran Portal que se abre en proceso inverso, pero antes de salir con el rabillo del ojo ve dos nuevos Tubos de Ensayo sentados en sendas sillas de plástico blanco; oye algunos chillidos babilónicos más y sale escupida por Gran Portal foucaultiano (vigilar y castigar como lema). Se desliza fuera del Monstruo Blanco de Concreto  y el sol cálido de fines de abril la baña completa. La ciudad ya está en plena ebullición. Se deja resbalar por sendero sinuoso que la devolverá a su barrio, directa a la primera farmacia que encuentre para poder comprar la medicación que espera pueda resolver su estado alterado. Ya han pasado más de cuarenta y ocho horas sin dormir y necesita sosiego. Un poco más calmada con medicación en mano, retorna a casa con un solo deseo: el descanso, pero poco a poco, se va perfilando aún difuso en su ser, un segundo deseo: la venganza.


Frau Diamanda/Héctor Acuña

Es traductora, escritora, artista audiovisual travesti, músico, drag performer, comisaria independiente, infectora cultural, DJ y actriz ocasional. Su especialización es el arte transgénero y la performance multimedia. Como performer y videoartista ha colaborado con numerosos centros artísticos y culturales internacionales, como el Hemispheric Institute de Nueva York, el Museo Reina Sofía de Madrid o el Centro Cultural de España en Lima. En 2020 publicó Escenas catalanas. Errancias antropológico-sexuales (La Máquina, 2020), relato seudoautobiográfico desde la doble perspectiva travesti y migrante. 



Título : La Insomne ( 2023)

Proyecto editorial: La Reencarnada: una épica travesti 

Audios: Efe Ce Ele (2024) / Ignacio Briceño (2023)

Foto Retrato: Ornella Bodratto 2024

Foto: Bangbang _ foto (2024, BCN)

Montaje y edición voz: Dj Roomba @la_roomba 

Mezcla y montaje sonoro: Violeta Ospina Domínguez

Acompañamiento y diálogo editorial: David [Vicho] Coñomán 

Intervención fotografía portada: Yene Revista