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Ir al más allá

Por Daniela Catrileo

Ir al más allá[1]

I. Kiñe

Hoy pareciera que lo más próximo es pensar en abril y en las votaciones para el plebiscito. Es lo que ruge en la ciudad metropolitana como un eco ramificado, a pesar de.  Digo “a pesar”, pues ya sabemos cómo algunos partidos y el gobierno, han interferido los caminos para no mover demasiado las fichas del tablero. Soñar con una Constitución no-guzmaniana en nuestra revuelta, era lo mínimo para recién comenzar a imaginar un porvenir. No obstante, con el acontecer de los días, nos hemos dado cuenta que hasta eso nos quieren arrebatar. El deseo de imaginar, el deseo de desalambrar el cerco de la herencia dictatorial que forjó la obediencia ante el modelo neoliberal.

Ahora, estamos en enero. Veo afiches y rayados en las calles, otros por redes sociales, llamando a la votación para la nueva Constitución. Veo cuerpos movilizados como una gran ola, incluso en este verano, cuando la ciudad grande duerme y la mayoría se arroja a los otros territorios del país. También veo como las piedras no dejan de llover en el centro, mientras alguna barricada resplandece. Entre tanto y tanto, la desobediencia a la PSU como una luz rebelde de la potencia adolescente, emana nuevamente el deseo. Porque hace temblar los cimientos institucionales del orden, porque ante el gesto de desarmar la maqueta de país que habitamos, esos cuerpos en resistencia nos incomodan incluso ante la pregunta por la nueva Constitución. Quizás el mejor ejemplo de ello es un muro del centro, específicamente en Carmen intersección Curicó, que dice: “Nos dan migajas y nosotros queremos la panadería”.

Sin embargo, no sólo el mundo estudiantil secundario nos plantea nuevas interrogantes. Cuando hablamos de las votaciones, de los cambios que queremos en un nuevo contrato social, es lo próximo. Es el más acá, es lo que vemos bajo las luces capitalinas. Pero, ¿Qué pasa si nos movemos hacia las periferias? ¿Qué nos sucede cuando traspasamos la frontera urbana? ¿Qué pasa más allá de la wenufoye[2] en Plaza Dignidad?

II. Epu

Después del 18 de octubre del 2019[3] cuando comenzamos la discusión sobre Asamblea Constituyente en los diversos cabildos, encuentros y asambleas populares, la mapuchada warriache[4] y sus alianzas, insistieron en ampliar la discusión. El objetivo era instalar la idea de la plurinacionalidad, puesto que en muy pocos espacios se estaba generando este debate. Cualquiera fuera la razón de su invisibilidad, esta demanda apenas existía en las mesas de diálogo chilenas. Repito, más allá de la wenufoye o wünelfe[5] en las marchas o concentraciones, que sabemos, no es la primera vez que aparecen flameando en actos políticos impulsados por movimientos sociales. Su extensión es tan variada que las podemos observar entre las barras de los equipos de fútbol, en una chapita sobre la mochila de algún estudiante o en el parabrisas de un taxista. Incluso hoy, la confección en su mayoría es made in China, con materiales plásticos realizados a gran escala.

La cuestión es que no es excluyente ser mapuche para portarla y agitarla al viento.  Personalmente, prefiero ver estos símbolos antes que la bandera chilena (pero eso es porque no me considero chilena, aunque mi carnet de identidad diga lo contrario). Al fin y al cabo, portar este símbolo, se ha transformado en un signo de resistencia y en este presente revoltoso, ha permitido que la población chilena pueda reconocerse más cerca de lo mapuche, cuestión que se ha emborronado tanto tiempo bajo la categoría de mestizos[6]. Además, la represión desmedida de la policía ha provocado que se extienda el territorio ocupado y militarizado de Ngulumapu[7], hacia zonas centrales y urbanas como Plaza Dignidad, lo que ha generado una mayor alianza entre “la chilenidad” y “lo mapuche”, también reflejado en pancartas que dicen: “El pueblo mapuche siempre tuvo razón”,  “Ahora entiendes al mapuche” o “¿Qué se siente ser tratado como mapuche?”. Asimismo todos los rayados en mapudungun presentes en los muros. De estas tramas mixtas, pareciera fortalecerse también esta insurgencia. Pues, creo fundamental señalar que este “estallido”, no hubiese sido posible sin la acción y la imaginación de las últimas marchas feministas, la rebeldía estudiantil secundaria, las demandas de los movimientos sociales y por supuesto, el movimiento mapuche. No obstante: ¿Basta lo simbólico para crear redes de cooperación política? ¿Es posible tejer sin jerarquías nuestras demandas?

III. Küla

Siempre me ha parecido sospechoso que las temáticas indígenas, feministas, disidentes o migrantes queden en una mesa aparte. En un panel de experticia que sólo conoce quien vive aquella experiencia de ser o activar. En mi participación en espacios feministas universitarios, escuché muchas veces en boca de mis compañeras, que no estaban dispuestas a hacer pedagogía feminista a los hombres. Pues, estaban aburridas de tener que explicar una y otra vez las estructuras desiguales bajo el patriarcado, sobre todo, cuando ellas habían sido socializadas como mujeres. Claro que es tedioso tener que relatar una y otra vez las diversas opresiones, aún más cuando el interlocutor no escucha. Sin embargo, no es sólo la estructura patriarcal que genera diversas relaciones de poder.

Ese entramado es más complejo y separar aquellas tensiones, sólo permite que sigamos endogámicamente luchando. Y así, jamás se podrá discutir de racismo dentro del mismo movimiento feminista, de colonialismo en la izquierda blanca, de machismo en mesas de intelectuales indígenas o en la heterogeneidad del mundo migrante, pues no es lo mismo habitar cualquier cuerpo extranjero. Y eso que todavía no hablamos de homo/lesbo o transfobia en cualquiera de aquellas burbujas.

Me hago estas preguntas situándome específicamente desde el movimiento mapuche, aunque también estoy cruzada por otras experiencias y me siento movilizada por otras  luchas, que no puedo ver de formas ajenas y separadas. Siguiendo con el uso icónico-representacional como ejemplo de intersección, por más que sea un aporte simbólico de lucha la iconografía mapuche (y de las empatías que pueda generar en el resto chileno de la población), considero que no es suficiente. Porque la potencia del presente nos interpela más profundamente. Esto no quiere decir que esté en desacuerdo con que la wenufoye u otros símbolos, estén presentes y sean relevantes, sino que estemos a la altura que nos exige la insurgencia.

En este territorio, aún hay deudas por tramar y reflexionar con respecto a la existencia previa de otras formas de vida, muchas veces pre-existentes. Una manera de hacerse cargo de aquello, también es acercándonos a esos espacios, dialogar, aprender de los diversos mundos que tienen esos movimientos. Es por eso que esta revuelta no la hace sólo el pueblo chileno. Una nación/pueblo/país no se compone por una sola identidad. ¿O consideramos que en una marcha mapuche, sólo debiesen haber mapuche? ¿O el mundo migrante debiese exigir sus derechos sin la cooperación de quienes nacieron aquí? Y en ese sentido, también me pregunto porqué el día de la mujer indígena o el día de la resistencia, tiene menos asistentes que el 8M.

Espero que después de este octubre, sepamos aprender de lo comunal y que las mesas dejen de ser mesas para transformarse en círculos donde la palabra circule en cuerpos diversos. Si la Plaza de la Dignidad puede ser tan compleja en identidades, cuerpos, subjetividades ¿Por qué no nuestras discusiones? Creo que esta diferencia es fundamental para que con esta revuelta, comencemos a considerar aquellas diferencias como un aporte de multiplicidad en lo colectivo. Porque no deja de llamar la atención que habitando territorios tan heterogéneos, aún no se conozca cuál es la historia que está detrás de una bandera o que sepamos más de luchas feministas occidentales, cuando las epistemologías de nuestras madres y abuelas han resistido aquí tanto tiempo. No creo que los procesos de descolonización nos lleven a una pureza o a un pasado ideal, porque no creo en la figura romántica de que “antes todo era mejor”. Tampoco creo que todo lo occidental es nocivo o en otras palabras, no es terrible leer a Simone de Beauvoir, pero ¿Qué dejamos de leer cuándo sólo nos quedamos en un polo del mundo? Y ahí es cuándo me pregunto: ¿Cuánto sabemos de resistencias anticoloniales y antirracistas en estas tierras? Con ánimo de abrir estos debates es que les digo, compañeras feministas: ¿Acaso las mujeres afrodescendientes e indígenas no están constantemente haciéndoles pedagogía antirracista?. Estamos contaminados de saberes, de aprendizajes. No debemos olvidar que el suelo que pisamos, aún en las grandes ciudades urbanas, están llenos de vestigios e historicidades, incluso con nombres diferentes antes de la colonización y el despojo.

IV. Meli

Por todas estas temáticas que nos interpelan, es que planteo el “ir al más allá”, salir un poco del binomio que nos hemos puesto hasta ahora con la Nueva Constitución. Porque con el vuelo que habíamos agarrado y con el montón de demandas, aún así  los pueblos originarios, la comunidad afrodescendiente, las poblaciones migrantes, la comunidad disidente  quedaban fuera de la mesa. A pesar de ello, poco a poco la demanda de un Estado Plurinacional fue ganando espacio, en conjunto a otras proclamas, enlazadas a los deseos colectivos que habitamos. No obstante, por más que esto haya empezado a movilizar ciertas asambleas y/o cabildos, no es un tema nuevo para el pueblo mapuche, aunque ahora nos interpela de otro modo.

Para algunos/as, en el presente de la revuelta, lo “plurinacional” es una demanda que sigue apareciendo en la ciudad o en el Santiago que a tantos cuerpos les molesta desde sus ejes descentrados. Lo interesante de su agitación panfletaria, es que más allá de la crítica, se han abierto otras discusiones en el territorio mapuche histórico. Algunas voces no se hicieron acallar e irrumpieron rápidamente con sus propias formas de vida. Levantando trawün[8] o nütramkan[9] en diversas localidades y comunidades. Postal hermosa, además, son los diversos bustos coloniales que han sido arrebatados de su trono a lo largo del territorio. En este caso, ir al más allá, para algunas/os también significa salir de la discusión del Estado Plurinacional para hablar de autonomía.

Justamente, lo que comenzó a suceder con el paso de los días fue la tensión ante la plurinacionalidad, entre distintas organizaciones, comunidades, asociaciones e individuos. Por una parte, se argumentó que aquello más bien sería una petición institucional o desde el mundo wariache. Quizás para quienes que ven esta discusión desde afuera (deseando que ojalá sepan de lo que estoy hablando), sea extraño pensar en por qué quienes pertenecen a un pueblo o nación originaria, se posicionarían contra un Estado Plurinacional, cuya finalidad es la descentralización y el reconocimiento de coexistencia de aquellos como pueblos, grupos o naciones. Bueno, una de las cuestiones que más distingue al Pueblo mapuche, es aquella heterogeneidad (por más que nos quieran encerrar en una frontera de homogeneidad). Aun así, hay diversas formas de ejercer la mapuchidad[10] y a veces, hay más tensiones que consensos.

Dentro de aquellas múltiples opiniones dentro del pueblo y el movimiento[11], existen grupos que creen en la vía institucional para conseguir derechos constitucionales, cuyo fin sería el Estado Plurinacional. Otros que apuestan desde un lugar externo a la institucionalidad para la autonomía y gobierno mapuche independiente, pues ven con desconfianza un proceso que consideran amenazante. Sin embargo, también hay voces, que piensan que la plurinacionalidad es una estrategia de extender el debate político como una apuesta que se contempla más cercana que la autonomía. Y otras, que incluso desconfían de un gobierno independiente.

También se han ampliado las discusiones sobre “lo intercultural” como parte de los procesos actuales. Esto, dando por considerado que el derecho a la autodeterminación está instaurado desde normas internacionales, aunque no sea reconocido por el Estado chileno. Estas opiniones se han dado tanto en la esfera pública como en espacios más específicamente mapuche, eso amplía una gama de: conversatorios, coloquios, mesas de diálogo, entrevistas, columnas de opinión, nütramkan y trawün.

Lo problemático es que así como vamos, en que el piso mínimo era derribar el fantasma de Jaime Guzmán para seguir deseando, hasta eso se nos va haciendo difícil (incluso con el 6% de aprobación presidencial). Pareciera que la lucha por la autonomía fuese una discusión demasiado lejana para la chilenidad, cuando ni siquiera se nos permite trazar el halo plurinacional. Sin embargo, el deseo existe y su lucha es justamente por disputar una forma de vida diferente, por fuera del Estado, demostrando que hay múltiples maneras de vivir en un mismo territorio desde el küme mongen[12].

Aunque esta demanda no sea reciente para el pueblo mapuche, pues lleva años siendo impulsada por agrupaciones y comunidades, pienso que la revuelta ha intensificado este deseo. También pienso que la exigencia mínima de un Estado Plurinacional no es contrario a anhelar la autonomía, es una base mínima del derecho que debiesen tener los pueblos y naciones originarias. Ir al más allá, en este caso, no significa contraponer autonomía con Estado Plurinacional, cuando en nuestro contexto, ni siquiera contamos con lo que es justo. Quizás la apuesta más pronta es seguir trabajando para las tramas comunales autónomas, la recuperación de nuestros espacios y el reconocimiento de otras epistemologías, lenguas y experiencias, que han sobrevivido en estos territorios, pues también somos este presente.

Debemos seguir forjando compromisos con otros pueblos y sus procesos, no para las cuotas o el paternalismo. Para lo comunal, necesitamos seguir construyendo estos puentes, lo demás, tendremos que aprenderlo en el camino. Porque por más ejemplos que podamos tener de otros países, ninguna experiencia es homologable. Nos toca imaginar y seguir trabajando nuestra potencia colectiva, porque seguimos aquí, junto a ustedes.


[1] Texto incluido en Por una Constitución feminista. Comp. Sofía Esther Brito. Santiago: Editorial Libros del Pez espiral, 2020.

[2] Wenufoye en mapudungun o “Canelo del cielo”, conocida popularmente como “bandera mapuche”. Fue promulgada por la colaboración entre el Consejo de Todas las Tierras (o Aukiñ Wallmapu Ngulam de Gulumapu) y la Confederación Mapuche de Neuquén.  Presentada en octubre de 1992, luego de múltiples propuestas realizadas por comunidades mapuche, tanto de Ngulumapu (Chile) como Puelmapu (Argentina). Su instauración resultó ser una de las causales de la condena a 144 comuneros mapuche, acusados entre otras  cosas de asociación ilícita.

[3] Pongo esta fecha sólo como una forma de establecer un supuesto origen, aunque siendo justa con la protesta estudiantil secundaria de “evasión” al servicio de transporte que desencadenó la gran revuelta, habría que posicionar también la fecha de aquellas primeras evasiones.

[4] Warriache en mapudungun o Gente de la ciudad, nombre que se le da a quienes como mapuche habitan las ciudades y zonas urbanas.

[5] Wünelfe o “el que amanece” es el lucero del alba para el pueblo mapuche. Iconográficamente suele ser representada como una estrella de ocho puntas blanca sobre un fondo azul.

[6] Si bien lo mestizo es un hecho desde la perspectiva genética, la identidad conlleva otras complejidades, como la adopción política de una historicidad o el reconocimiento de su experiencia en cuerpos racializados o socializados desde su diferencia. En este sentido, no debemos olvidar que el mestizaje fue una imposición colonial que ha emborronado otras formas de pre-existencia de los pueblos que han habitado estos territorios antes del nacimiento de los Estados.

[7] Territorio mapuche, parte oeste de Wallmapu.

[8] Trawün en mapudungun hace referencia a un encuentro, una especie de asamblea.

[9] Nütramkan en mapudungun hace referencia a conversatorios, espacios de diálogo.

[10] Para quienes les interese ahondar en ello, o quienes nos estén recién conociendo, les recomiendo googlear “mapuchómetro”.

[11] Aquí no posicionaré nombres particulares ni de agrupaciones, ni comunidades, ni personas. Por la misma pluralidad a la interna de aquellas organizaciones. Algunos lamngen que han escrito recientemente al respecto son: los historiadores Fernando Pairicán o Claudio Alvarado Lincopi en artículos de CIPER Chile. Personalmente, extraño voces femeninas críticas con respecto a la temática, para aquellas referencias se pueden leer (o ver) algunas entrevistas a la lamngen Verónica Figueroa Huencho, académica de la Universidad de Chile. 

[12] Küme mongen en mapudungun hace referencia al “buen vivir” como práctica ética-política del pueblo mapuche. 


Daniela Catrileo

Escritora mapuche y profesora de filosofía. Ha publicado los libros de poesía: «Río herido» (Edicola, 2016), «Guerra florida» (Del Aire, 2018), las plaquettes: «El territorio del viaje» (2017), «Las aguas dejaron de unirse a otras aguas» (Libros del Pez espiral, 2020) y el libro de cuentos: «Piñen» (Libros del Pez espiral, 2019). Es integrante del Colectivo Rangiñtulewfü, forma parte del equipo editorial de Revista Yene y la Cooperativa editorial Chillka. Se dedica a la edición, docencia e investigación independiente.