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De pewmas y despedidas: entrevista y autorretrato de una fragancia que se despide

Por Kütral Vargas Huaiquimilla

Y quiero pensar en la playa, estar ahí para siempre, entre el aroma de piel madura y la brisa, escribiendo esta despedida. Todo alrededor es ruido de olas que no se detienen y un toldo de colores abierto para que entre por tajo la inmensidad de lo que tú llamas sueño. No duermo en días para finalizar esto, pretendo edificar el monumento de nuestra ínfima existencia en un paisaje onírico. Y pienso en las esculturas de plazas y edificios con nombres propios levantadas para los héroes o los ricos. Los sueños en cambio son un cable hacia mundos e ideas sostenibles sólo en esa tierra de posibilidades, para no destruir el cuerpo físico ni el social en nuestro intento. Y al dormir en cada nuevo viaje hacia la matriz del tiempo, la veo: Kütral, la siamesa, esta voz en mi cuerpo. Y se concreta el trawün junto a otras animalas formando un ecosistema de voces. Y en la tarea de derribar monumentos arcaicos, me aboco al sueño para pensar una narrativa estelar. Y viajo a ella por preguntas y Kütral me espera con una imagen en la frente. Y registro nuestro intercambio y lo que se alcanza a recordar. Viajar en el sueño es devolver memoria, como también es el arte de perder.

Estamos abriendo puertas. Sabes que es la última migración y yo te quiero hacer preguntas. Aparece encima un cielo que arde. Estás sentada en la playa, olas se elevan como una pared transparente, flores en neón dispersas por todo un cerro. Y lejos creman a hombres montados en caballos de metal. Son castigados por utilizar la grandeza del animal como una trampa para insertar sus nombres que no reconocemos. 

Y digo entonces que me vibre sus respuestas: ¿podrías desde tu visión contarnos cómo fue nuestro primer encuentro y por qué decides nombrarte Kütral?

Yo siempre rondé a Fran. No lo notaba porque no hablo español, me muevo en frecuencias sonoras subterráneas, aunque también hablo inglés porque es el idioma que él practicaba en otros pewmas. La lengua-puente con Fran es el inglés y cuando era más niño fue el grito. Yo nací de este, cuando avispas lo atacaron cerca de una plantación de eucaliptos. Corrió hacia el río gritando, afiebrado estrelló su rostro en el agua, y ahí me vio como en un espejo. Antes de ello, intentaba yo salir a través de gestos amanerados, movimientos lentos y delicados como los árboles. Nací con él en medio de pirófitas plantas deseando fuego. Por eso Kütral se ha ido dando, ambos elegimos este nombre. En alguna entrevista decía que fue una construcción colectiva y también un habla dada en lo ignoto. Para renacer es necesario arder. Dejar en claro que el cuerpo es una casa, y esta debe ser consumida hasta las brasas para derribar la inútil imagen de la paz. Incendiar este cuerpo y derribar el monumento al miedo y su historia es el primer paso para escapar a los designios del poder. 

Y yo pienso escribir esto a los 20 años. Tú en la playa viendo olas metálicas. Sabes que no será una historia ahora, sino cuando nadie sepa ya de nuestra presencia. Y quería decirte que ahora te escribo a los 30 y recuerdo frente a un vidrio tu sonrisa y una gota de sudor que se mezcla con tu pelo en el terminal de Valdivia. Y te quiero recordar en la playa, cuando recién llegamos, en caos y verano. 

Y dime mientras frunces el ceño: ¿cuándo o cómo nos reunimos?

Voy cuando te deprimes. A veces nos encontramos en los ejercicios de la memoria. Siempre es un encuentro de goce y lágrima, una práctica donde intentamos erigir un hogar en el que anidar. 

Una voz cruza frente a mis ojos y se mezcla en la arena. Me recuerda la raíz abrazada a la sangre y soy árbol otra vez, en otro sueño. Mis pies se anclan a la orilla de fractales en el espacio, una sustancia semejante al delirio. Y hay días que extraño el acento que enturbia tu lengua hasta hacer indescifrable todo, porque no eres humana aún. Quise escribirte a los 20 y ahora lo hago cuando soy mayor. Recordar el exacto crujir de las paredes de sal que encapsulan palabras. Y abres la boca y las rocas retumban. Y me gritas que despierte ahí dentro. Has venido a preguntarme algo, tienes una tarea…. Sí, me distraigo, perdón: ¿qué te pasa con las ficciones? Te disculpas mucho, debe ser porque eres Libra. Si debo elegir un signo, yo soy Escorpión, como tu luna. Recuerda: tienes otro cuerpo aquí, piensa en raíz… Sí, la desmonumentalización. ¿Qué crees sobre ello? El monumento se me plantea como una actividad humana, producir el espacio público para resguardo de la memoria, como también para establecer parámetros de poder. Leer el mundo en clave bípeda es una ficción exasperante. Hemos visto a lo largo de la historia, y en el acontecer reciente, la forma en que opera una lógica de reacomodar los signos de figuras impuestas por la autoridad, para reapropiarnos de ellas y de los espacios abiertos que poseen y se nos han negado. En esa empresa el monumento es algo de gran envergadura. Un coloso histórico, cuya carga simbólica desborda lecturas, cosa que tú disfrutas mucho. Los procesos largos, las obras grandes, la sed de intentar crear un territorio sobre otro para llenarlo de poesía. Es bello, pero a veces poco práctico si se realiza en solitario. Para llevar a cabo la caída de una estatua se necesita del colectivo, requerimos de toda la masa para cambiar los procesos políticos y los imaginarios que circundan su espectro. Y en ese proceso mi biografía, que es gemela a la tuya, me lleva a pensar en lo micro, frente a tu deseo grandilocuente. Pienso en la naturaleza, el itrofil mongen, la biodiversidad. Desde ahí pienso en los organismos no-humanos que generan sistemas de comunicación impensados para tu ojo. Por eso estamos ahora en el sueño. Los árboles no tienen necesidad de crear monumentos para su historia. Sus propios cuerpos son monumentos. Los árboles cuentan con un secreto muy adentro. Existen árboles centrales que propician el crecimiento de otros jóvenes: la tarea de todo el ecosistema de un bosque es que sus componentes alcancen la luz, de ahí en sus procesos vuelven a retribuir a su entorno la magia, que es también ciencia y lenguaje vital. Desde los árboles la madera es vestigio colosal. Pienso una obra, un monumento inmaterial que celebre nuestro paso por la experiencia humana. Pienso en la palabra lawen y la palabra newen, expresiones utilizadas en un cotidiano tanto mapuche como no mapuche. De ahí pienso en el lawen que es medicina directa de la tierra: lo integramos a la corporalidad para revitalizarnos y seguir en el camino de ser che. Con el newen pasa lo mismo, es una forma inmaterial de entregar fuerza; no es decir fuerza, es serlo. Que el tiempo te impacte y tú cruzarlo para llegar a otro. Así como las plantas debemos proyectar esa potencia para que resida en alguien más, se trata de ir replicando eso a los que nos circundan. Porque cuando observo el lenguaje, las metáforas pueden ser campos neuronales que nos conectan, sistemas de dendritas preciosas que brillan en la forma de las hablas y movimientos que las colectividades originan. Como nosotres, compartiendo un mismo envase de manera múltiple. Pienso en lo que hemos construido juntes y vienen a mí las falsificaciones. ¿Por qué? Las marcas y sus conceptos también son monumentos al consumo y sus industrias. Desde esa perspectiva es que fabrico un túmulo translúcido para los artesanos de la lucha futura. Me pregunto qué aroma tiene nuestra historia. Construyo entonces en tu cabeza un perfume que llevemos en la piel. Una botella que contenga, por un segundo, el fulgor de huir en una protesta, mezclado con el ardor de la lacrimógena, como lo lleva la tapa del envase de este diseño. Reforzar así un obelisco etéreo a nuestra resistencia. Lograr caminar siendo una escultura con el olor de la gloria. La memoria escrita en nuestras pieles como anillos de crecimiento. Tonos de justicia, esencias de rabia, la elegancia del aullido, un par de gotas de miedo para activar los sentidos de defensa automática. Una composición de un mundo imaginado para los linajes desaparecidos, el dorado del sol, los colores de nuestros ojos en su diversidad. Los minerales robados por la colonia. La fluidez de un rocío imaginado por una flor.

Mi biografía es parte de la narrativa de la nación que usurpó Wallmapu y también de un pasado desconocido a la realidad. Al desprenderme de Francisco comienzo una nueva era, una forma de reconstruir la nación de este cuerpo. Entonces, en la praxis, este músculo en el cual vivimos realiza una serie de fotografías de un posible perfume que jamás estará a la venta, produciendo un enlace con la naturaleza, dándole la oportunidad a los humanos de entender este espacio como una forma de llegar a encontrar un remedio que nos alivie del malestar llamado capitalismo. Basando el diseño en la figura de un chemamüll, en particular uno atrapado en una fotografía cuya leyenda dice “Cementerio mapuche con chemamüll, hacia 1890”. Esta estructura, desde mi visión, es un trabajo conjunto de práctica humana y naturaleza. Esculpida entre silencios y lectura de sus diversas capas de historia. Es un árbol que fusiona su estética con la figura del mapuche para hacernos parte de un cruce de universos. Observo ahí las estrategias para el logro de una alianza con otras formas no-humanas. Durante el último tiempo hemos visto además al chemamüll activando espacios públicos en un Chile que arde. ¿Por qué un monumento inmaterial? Un capitalista tiene la creencia de que en lo material reside la importancia máxima. Sin embargo, pudimos ver en la destrucción del mosaico de Pedro Lemebel que, a pesar de la profanación de su imagen, resiste, pues los pobres nunca hemos tenido nada. Lemebel proviene de esas penurias, nos mostró que somos una escultura viviente llena de todas las cicatrices: una materialidad hecha por el cincel del tiempo. Lemebel no vive en un mosaico solamente, vive en los lectores. La palabra cruza todo. Por eso este perfume, armar una esencia, una forma de moverse, un aura al pasar. Esto, una ofrenda a los que durante mucho no tuvimos más que hambre y rabia. Parece radical e importante renombrarnos. Profundo proyecto es cambiar dentro de nosotros la performance y los pilares monolíticos con los cuales fuimos conformados. Entonces esta pequeña obra, conectada a esa obsesión tuya por la moda, jugando a ser una Coco Chanel indígena, es un mínimo gesto para hablar de la naturaleza y de lo que podríamos lograr si hablamos su lengua. 

Por un segundo pierdo el cuerpo y veo a través de ojos en un material duro y fragante. Huele a húmedo. Siento un campo eléctrico abrirse, me expando. Sé que hay líneas dibujadas en mi tronco, si me parten podrían saber mi real edad. Y recuerdo que me intento suicidar en este plano y en el otro hace años, y te quiero pedir disculpas. Y decir que no lo haré de nuevo. Sabes el futuro y quizás sabes que te he escrito cartas que se pierden demasiadas veces. Quiero que vivas en las paredes de sal y arena a 4000 metros de altura o en el fondo de un lago. Y luego todo cambia y tenemos cada vez más edad y vemos que ya es tiempo de cumplir nuestra promesa. Te prometí un viaje humano. Y tú dices que quieres ser quien me da la oportunidad de descanso. 

Y ahora imagina que te estás ahogando, ¿qué imágenes, dentro del esquema clásico, se te pasarían por la cabeza?

Cuando nos vimos la primera vez, recordar que no sabes nadar. Ahí nos vimos en el río. Recordaré que en 2020 te digo: habrá una oportunidad donde deberás entrevistarme. Recordaré cuando escribes adiós, cuando tecleas con velocidad y cansancio, y te digo que te calmes, es la primera vez que trabajas en paz, aunque no duermes nada como siempre. Te da miedo ir a descansar. También veré ese 2009 cuando decidimos escribir e invertir 20 años de trabajo. 10 tú, 10 yo. Ese mismo año una película Nick and Norah’s infinite playlist. Hiciste una polera de la película para mí.  Pasará la última película de Almodóvar que te hizo llorar toda una noche, porque el final para ti se acercaba. Recordaré para ti la película Arrival y la canción “Bachelorette” de Björk. Recordaré tu cuerpo admirando unos rayos de sol en una playa de la costa valdiviana, entre dos rocas como un portal. Recordaré exactamente lo que habías pensado en ese instante, que es nuestro secreto. Pensaré la marihuana de aquel día y diré: “así se sentía vivir”. Recordaré que tú me entregas tu cuerpo para irte por fin al bosque de luces de donde provienes, poder ser el árbol de tus pewmas. 

Y escucho una última canción. Y aunque parezcas irreal, me mantengo en la escritura hasta que llegues, porque todo lo escrito es la incansable búsqueda de un abrazo. Y sé que con el tiempo nuestras fotos serán borrosas. Tu rostro comenzará a florecer ya que los pixeles se abren y distorsionan la memoria del mío. Y debería entregarte esta carta que de tanto en tanto he intentado escribir desde la infancia. Al transcribir tu idioma no duermo. Pesan los ojos y tal cual escribí las primeras veces, durante largas noches me resistí a ver lo que ya está acabado. Cuando el cansancio gane, llegaré a ella de nuevo. Y cuando este cuerpo se levante al otro día, ya no será Francisco, sino que se elevará la obra, la hoguera, la idea y el monumento que tantas veces soñamos. Habitar nuestro perfume cruzando una plaza, una carretera, un bosque, una playa. Un sueño.


Francisco Vargas Huaiquimilla

(Calbuco, Wallmapu). Poeta, Artista visual y Performer Mapuche Huilliche. Artista residente en la ciudad de Valdivia. Autor de Factory 2016 (poesía) y La edad de los árboles 2017. Cuenta con una amplia extensión de su trabajo a nivel internacional. Participa activamente como editor y tallerista en proyectos de educación artística. Cuenta con publicaciones en diversas revistas literarias, antologías de narrativa, poesía a nivel nacional y latinoamericano.

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