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Anümn / Plantar

Por Paula Baeza Pailamilla

Para el pueblo Mapuche y para otros pueblos originarios del mundo, la comprensión del tiempo es circular o en espiral; un ciclo que comienza, termina y vuelve a comenzar. Es así como se programa un calendario comprendido de acuerdo a los ciclos lunares y solares, entre otros fenómenos naturales. A diferencia de la mirada occidental del tiempo de forma lineal, estos ciclos rigen las actividades políticas, económicas y espirituales de cada pueblo. La siembra, actividad fundamental para la vida, también es regida por esta comprensión del tiempo, atendiendo a los ciclos lunares y respetando los periodos de las estaciones del año, considerando el descanso de la tierra. Plantar significa alimento, cuidado, salud y comunidad de manera cíclica, siendo una actividad propia del tiempo. Así mismo, es posible entender los procesos históricos de la humanidad de manera cíclica. Las historias y relatos se repiten, se actualizan a cada época pero vuelven a presentarse irrevocablemente. En la voz de los pueblos andinos, nos encontramos en el periodo de Pachakutik, un proceso de cambios profundos, largos y dolorosos, pero necesarios para el equilibrio cósmico, la renovación y florecimiento.

A la llegada de los españoles a territorio Mapuche, en muchas localidades se encontraron con cientos de Chemamüll. Se trata de esculturas de madera antropomorfas plantadas sobre tumbas en los cementerios y que acompañan a les difuntos en su viaje al Wenumapu[1]. Fue durante la colonización, la “limpieza” de terrenos para la siembra y la mirada cristiana que veía a los Chemamüll como símbolos asociados al mal. De esta manera, las sagradas figuras fueron arrancadas, quemadas o vendidas como leña en los pueblos. Este acto racista y colonial intentó borrar de la historia prácticas ancestrales espirituales. Asimismo, las prácticas de exterminio, llevaron a  utilizar los terrenos para  monocultivo, siembras de grandes dimensiones, además de -la entonces emergente- instalación de la industria ganadera.

Durante el año 2019 fuimos testigos de distintos procesos naturales, ente los que encontramos varios eclipses. Al mismo tiempo, en Wallmapu comenzó a crecer abundantemente la Quila, una especie de bambú nativo de este territorio. La actividad volcánica también se vio aumentada en este periodo. Estos fenómenos fueron leídos por distintas autoridades espirituales mapuche como señales de crisis, de la venida de tiempos muy difíciles. Mucho se habló, en las distintas esferas del Pueblo Mapuche, como presagio de que algo muy grave iba a ocurrir y, la naturaleza, estaba enviando anuncios.

En el marco del estallido social en Chile, ocurrido el 18 de octubre del 2019, fuimos testigos de una magnitud, una fuerza y belleza indescriptible, en el que la gente no tuvo miedo. La salida de los militares a la calle fue un gran golpe político-estético que ejerció el presidente Sebastián Piñera a un pueblo que salió a manifestarse. Nuestra generación se encontró con todas las fotografías de una de las épocas más siniestras de la historia de este territorio: la Dictadura Militar. Para el caso de nuestros mayores, el terror del recuerdo de crecer y vivir en esos tiempos. Hubo una sensación de incertidumbre en el estallido de este pueblo que aguanta muchísimo y que hace erupción de furia, como un volcán que todo lo destruye para luego hacer brotar algo nuevo. Sin embargo, estas imágenes de represión y violencia extrema se han vivido en Wallmapu, territorio Mapuche por más de 500 años. Con todos estos hechos se pensó que aquellas señales naturales estaban mostrando estos sucesos. Luego llegó la pandemia COVID-19, profundizando una crisis global y a nivel territorial de la cual desconocemos su desenlace.

Podar

Si bien, existen precedentes en Chile de la desmonumentalización o derribamiento de esculturas, durante el estallido social hubo un resurgimiento de estas acciones a lo largo del país, principalmente en territorio Mapuche. Se trata del derribamiento de personajes levantados por la república como héroes nacionales pero que en realidad son genocidas y/o colonizadores. Son esculturas de figuras absolutamente repudiables y nefastas para los pueblos originarios. Generalmente, estos monumentos se ubican en plazas públicas o lugares de importancia cívica, recordándonos que el terror que produjeron está presente en la memoria callejera. Su instalación es un recordatorio amenazante en el cotidiano. Estas acciones de lucha, se realizaron de manera colectiva, anónima y espontánea impulsada por un profundo dolor producido por lo que significan y también como acción que moviliza un cambio de paradigma. Una poda colectiva, como el corte de aquellas ramas de un árbol que se encuentra enfermo, seco, y que necesita regenerarse.

Judith Butler señala a los cuerpos otredades como aquellos que están en la sombra o son, en sí mismos la sombra. En mapudungun[2]  sombra se dice aiwiñ, y se refiere tanto a la sombra de una persona viva como ya fallecida. En la sombra las personas aparecen pero sin rostro, sin nombre, son imágenes oscuras pero que aun así existen, las podemos ver. Pienso en las colectividades Mapuche derribando monumentos como una gran sombra en movimiento que encarna tanto a les vives como a les muertes, como esos cuerpos que son en sí mismo la otredad, una sombra anónima que arrasa con estas figuras de poder en un flujo de fuerzas que desestabiliza la historial filtrándola, la hace desaparecer. Estos cuerpos que no se quiere que aparezcan, aparecen sin autorías actuando como una gran ola. Un silencio que habla.

Durante la primera mitad del S.XVI Galvarino, uno de los guerreros Mapuche más importante de la guerra contra la corona española fue capturado y mutilado por sus enemigos, cortándosele ambas manos. Tres siglos más tarde, durante los procesos de gobernabilidad de los Estados chileno y argentino, Francisco Moreno, más conocido como el Perito Moreno, encabeza expediciones a territorio Mapuche para saquear tumbas indígenas y robar esqueletos, especialmente cabezas de autoridades políticas de gran importancia en nombre de la ciencia y la investigación. Generó una gran colección que luego fue donada al Museo de la Plata en Argentina, en donde existen hasta hoy cerca de 2.300 cuerpos indígenas. Estos ejemplos son solo algunas de las aberraciones cometidas a nuestros pueblos, específicamente un ataque a lo corporal mediante el castigo, o a lo que representan estos cuerpos como trofeos u objetos de interés científico.

Es así entonces que la mutilación, la separación del cuerpo tanto vivo como muerto apunta a intentar despedazar, desarticular la fuerza y resistencia política de los pueblos. Según mi mirada, no se trataría del castigo físico únicamente, sino más bien de desarticular cultural, política y espiritualmente los movimientos de resistencia. Así mismo los territorios que frente al avance colonial fueron parceladas las tierras, fragmentadas y entregadas a latifundistas europeos, dejando a la población indígena en las llamadas reducciones, pedazos de tierra mínimos en donde debía caber toda una comunidad, empobreciéndose progresivamente. Cercenar las partes de un cuerpo significa también dividir y separar los territorios, con ello su potencia de resistencia, funciona a pequeña y gran escala, expansivamente.

Comerse al enemigo

Estas formas de mutilación, profanación del propio cuerpo tiene hoy un revés simbólico cuando el Pueblo Mapuche, en colectividad, corta las cabezas de las esculturas y las mutila, las cambia de lugar, las arrastra por el suelo o las lanza a un río. Cronistas españoles de la época colonial relatan horrorizados cómo les Mapuche, al capturar y matar a sus enemigos en la guerra, usaban como flautas (pifilkas en mapudungun) con los huesos de los españoles, bailando y festejando alguna nueva batalla ganada. También conocida es la antigua práctica de comer los corazones de sus propios enemigos con la finalidad de adquirir sus atributos. Si bien, estas acciones han sido entendidas occidentalmente como barbáricas o de un canibalismo sin sentido, dentro de los pueblos tiene un profundo sentido espiritual-ritual-político como en la cultura incaica, donde las cabezas cortadas de los enemigos eran usadas como semillas, entendiéndose como nutriente necesario para la tierra y para el alimento. La forma de entender los cuerpos como una continuidad, como parte de un todo y el reconocimiento del otro como un sujeto lleno también de virtud, aun en la guerra ha sido acto de pertenencia, de fusión y cargada de cierta legitimidad.

Si bien hoy el Estado continúa mutilando, desde la alzada popular se interviene a los genocidas y colonizadores representados en esculturas de bronce. Es posible notar que esta activación se relaciona con las imágenes de ciertos cuerpos y el significado simbólico que cargan. Hoy no nos comemos al enemigo, pero modificamos nuestro paisaje quitando estas figuras de los espacios públicos, un malestar arrastrado por décadas. Este periodo podría ser una especie de despeje, limpieza y preparación de la tierra para sembrar, para replantar con lo nuevo, el término de un ciclo para dar paso al siguiente.

Replantar

Durante el estallido social chileno, junto con el derribamiento de monumentos y esculturas de héroes patrios fueron plantados varios Chemamüll en distintos territorios, plazas públicas o epicentros cívicos de cada ciudad o pueblo en Chile. Este fenómeno de resurgimiento y (re)activación de prácticas ancestrales provino no solamente de Mapuche, sino también del pueblo chileno popular. En cada manifestación, miles de  Wenufoye, fueron alzadas como símbolo de resistencia, lucha y dignidad. Hubo un despertar en la identificación de lo chileno con lo indígena, una historia que jamás ha estado separada pero es justamente eso lo que el relato oficial nos ha impuesto como creencia.

La industria forestal chilena ha creado una depredación de los territorios ancestrales, quitando el bosque nativo para dar paso a la plantación de eucalipto y pino. Ambos árboles necesitan de una enorme cantidad de agua, lo que ha secado ríos y lagos vecinos, impidiendo el brote de toda la flora y fauna, secando la ya existente, dejando a los pueblos y comunidades sin agua. En bosque nativo necesita una gran cantidad de tiempo y condiciones adecuadas para poder volver a regenerarse, existen árboles tan antiguos como el alerce que pueden tener hasta 3.000 años. Hay una emergencia entonces por plantar, restituir la flora nativa en los distintos territorios en donde se le ha exterminado, aunque no podamos ver su total florecimiento y desarrollo.

Replantar, sembrar es un acto de autonomía y reivindicación, poder comer y alimentarnos de esa semilla sin fronteras entre lo humano y el territorio, una misma membrana que se nutre cíclica y recíprocamente. Plantar Chemamüll es una forma de plantar memoria, plantar la semilla histórica de nuestro pueblo que no solo significa la identidad de un grupo humano, sino la historia de la pertenencia a la tierra, a la continuidad que existe entre nuestros cuerpos entendidos como un territorio. Plantar, aunque la violencia se siga ejerciendo, aunque los Chemamüll sean quemados, arrancados. Que desde la sombra anónima surja el rebrote fresco de la hierba, de todos los ngen (espíritus protectores) que habitan en las plantas, árboles, flores y animales. Despertar nuestra percepción de la vida no humana, a les habitantes de esta tierra que viven en otro tiempo, en otras frecuencias a veces imperceptibles para las personas. Plantarnos a nosotres mismes, enterrar nuestras raíces para que se interconecten y comuniquen con otras raíces.

Estamos viviendo la vuelta de un largo ciclo. Después de mucho tiempo desde que cortaron el árbol, sus raíces volvieron a brotar y somos nosotres quienes debemos seguir plantando. Si los Chemamüll fueron arrancados ahora son replantados por les nietes, bisnietes de esta historia. Que se quiten hoy las esculturas, permite la vuelta del ciclo cósmico que vio al inicio sacar a los Chemamüll de nuestras tierras hasta hoy, siendo nosotres quienes sacamos sus esculturas metálicas y pesadas. La raíz es demasiado profunda y aunque nos la arranquen, volveremos a plantar.


[1]  Entendida, en el mundo mapuche como “la tierra de arriba”

[2]  Lengua Mapuche


*Este texto fue elaborado y publicado originalmente en el marco del proyecto Do Nothing Curating. Zürich, Suiza. Para conocer este y otras colaboraciones a este proyecto visita http://www.donothingcurating.com


Paula Baeza Pailamilla

Desde 2011 ha trabajado desde la performance basándose en su propia identidad mapuche, siendo este el punto de origen para sus obras, interpelándose a sí misma y a su contexto a nivel histórico, político y social. Se destaca su trabajo textil desde proyectos de arte relacional. Ha sido artista invitada a diversos encuentros, teatros y galerías en Chile, Argentina, Uruguay y Colombia, Alemania y Suiza, abordando temas desde el cuerpo e identidades racializadas y su contexto.

http://www.paulabaezapailamilla.com


Intervención de imagen de portada: Paula Baeza Pailamilla

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