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Una historia seca y blanca de los monumentos coloniales de Jobel

Por La Reci – Ona Ediciones

UNA HISTORIA SECA Y BLANCA DE LOS MONUMENTOS COLONIALES DE JOBEL[1]

El 12 de octubre de 1992 se derrumbó la estatua de Diego de Mazariegos que había sido construida en 1978. Una imagen ahora mítica retomada en la memoria que fue parte de la movilización por los 500 años de resistencia indígena. Algunxs dicen que de ahí había “zapatistas”, antes del levantamiento armado de 1994. 

Un par de fotos icónicas de Antonio Turok inmortalizaron el momento de la caída, el amartillamiento y el paseo de la cabeza y otras partes de Mazariegos. Su estatua, frente a un antiguo convento, hoy iglesia y museo, estaba instalada en una zona verde donde algunos hippies[2] vendían sus artesanías (los mismos hippies que iniciaron en esa zona la venta ambulante que ahora rodea toda la iglesia de Santo Domingo). Los mismos hippies que recogían los pedazos que quedaron de la estatua tras ser derruida, para recuerdo, memoria, de ese monumento caído. Recogiendo esos pedazos de blanquitud, de Su blanquitud, para que no quedara perdida, conjuntándose para ello con la historia oficial[3]. Porque los blancos hemos delegado la memoria en la historia, en la defensa de esa fortaleza, los monumentos, el sistema en su totalidad. Como dice Houria Bouteldja:

“Los blancos saben bien que su sociedad está seca…Y sufren. Pero carecen de imaginación para pensar otros horizontes. Porque ya no tienen memoria. Han olvidado lo que eran antes de haber sido devorados por la Modernidad. Ya no se acuerdan del tiempo en el que eran solidarios y tenían aún culturas, cantos, lenguas regionales, tradiciones” (2017, p. 119).[4]

Movilizaciones feministas, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, Septiembre 2020. Fotografía tomada por Gabriela Sanabria Santos.

En los últimos meses, hemos visto una eclosión en el número de estatuas derribadas, manchadas, intervenidas, apropiadas o simplemente destruidas; junto a la rapidez del Estado en muchos casos para responder: limpia y relimpia de estatuas manchadas o grafiteadas (de Colón, Leopoldo II de Bélgica, Baquedano, Valdivia, entre otros) o directamente protegiendo (la estatua de W. Churchill[5] frente al parlamento británico fue cubierta con una protección metálica, y la defensa “monumental” de la policía gringa en Minnesota) o situándose enfrente de las marchas con las estatuas a sus espaldas, investigando diligentemente la decapitación nocturna de la estatua de Colón en Boston, o recuperando la estatua del río, E. Colston en Bristol, en Inglaterra, lo que da cuenta de la importancia de estos símbolos para los Estados. De igual manera ocurre y ha ocurrido con las marchas feministas que pintan o rayan símbolos nacionales y el descrédito que suele asociarse desde el poder a estas manifestaciones de dignidad. 

Se requiere todo un aparato cultural, administrativo y de vigilancia que sea un sistema inmune (retomando los términos de Bouteldja[6]) para conservar el poder inmóvil donde está, y ha estado.

UNA MI GENEALOGÍA 

Esta escritura se hace desde un lugar blanco, el texto publicado y su historia tejida en el colonialismo. La escritura en un lugar blanco, sea el papel o el marco. En este caso, un lugar blanco es un lugar en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. Aunque pueden ser muchos lugares en realidad. Esta escritura se hace desde un lugar blanco en el que se habla en inglés, se tienen Macs e iPhones que iluminan azuladamente los rostros que no hablan entre sí. Se dice en estos lugares de paso del free tour que el pox (literal, en maya de Los Altos de Chiapas, medicina) es una bebida sagrada embriagante y que al tomarla hay que decir kolaval[7]. Hay expats y nómadas digitales en coworkings, indignados si en el espacio no pueden referirse en inglés a todxs lxs trabajadorxs sin siquiera preguntar si alguien habla esta lengua, asumiendo. Asumir es un rasgo propio de lo blanco. Del mismo poder hacer las cosas porque puedo. Lxs que no pueden buscan formas (en colectivo, hackeando, inventando, ayudándose), los que sí pueden tienen ya sus soluciones como dadas, el mundo trabaja por y para ellos.

“El estudio de la blanquitud propone un cambio de perspectiva que implica que las personas blancas o blanqueadas investiguen y se hagan conscientes de los procesos, los aspectos culturales, históricos, sociológicos y las condiciones por las cuales son construidas como blancas, su identidad, los ‘privilegios’ que ello supone y la blanquitud como una construcción fundamental en la ideología racial y el racismo en la Abya Yala”.[8]

En su texto La güera, Cherríe Moraga (2018) describe que se dio cuenta de su blanquitud, como que hubiera un descubrimiento puntual de ese lado privilegiado, al saberse lesbiana. Dice Cherríe que hay una vinculación de algún modo entre el reconocerse/posicionarse como oprimida por el régimen heteronormado y el reconocer también sus privilegios. Es de alguna manera una constante en los -pocos- trabajos sobre el vínculo de la blanquitud el hecho de darse/darnos cuenta de ella en una etapa no muy temprana de nuestra existencia, pues es lo que viene acarreando el privilegio: unx finge no verlo (como si así dejara de existir), o ni siquiera piensa en ello. 

Retomo el ejemplo de Moraga porque creo que es dentro de los feminismos disidentes donde se ha indagado un poco más en la blanquitud y lo que ello significa (no pretendo hacer aquí un recorrido sobre ello, sino basarme en lo que hasta ahora ha llegado a mis ojos, oídos y sentir[9]). Son lxs oprimidxs por el sistema patriarcal-blanco lxs que han podido con más honestidad interesarse por su blanquitud y retomar también las herramientas autoetnográficas (u otras metodologías) para explorar como esta blanquitud se configura de manera sistémica[10]. Según Tere Garzón “la blanquitud es parte esencial de la construcción geopolítica y discursiva de la Abya Yala en el marco del sistema mundo moderno colonial. Es decir, las historias de la blanquitud y sus encarnaciones, en nuestros territorios y cuerpos, sólo son posibles por una empresa imperialista y de expansión capitalista que necesita, para sus fines, clasificar la población por cuestiones de raza y de identidades raciales como blanco, nativo, negro, identidades geopolíticas como Sur y Norte, instituciones como la colonia, la esclavitud, el mestizaje, la ciudadanía, la modernidad industrial, el estado-nación” (2017, p. 6-7).

LOS NOMBRES (Y LOS HOMBRES) DE LAS CALLES COLONIALES

En la sociedad colonial contemporánea -dominada por el régimen escópico/de la visualidad- el cómo se ven las cosas es importante. El cómo se ven las estatuas es, entonces, de vital importancia en el mantenimiento del estatus dentro del régimen imperante. Es por ello que la zona más vista/más visitada -el centro de las ciudades- se limpia, repara e higieniza mientras se dejan olvidadas otras zonas urbanas; pues el centro es para el poder lo que representa la identidad[11] y además mueve el comercio. Es ahí mismo donde están los nombres de las calles de colonizadores, conquistadores, generales y/o personajes criollos. 

Los nombres de espacios públicos, aeropuertos, pabellones, teatros, bibliotecas, suelen guardar esa memoria asentada frente al nomadismo y/o la fugitividad literal/existencial o simbólica de lxs cuerpxs no hegemónicxs. Al igual que los nombres de las calles, asientan la norma y a lo largo del tiempo de existencia de las sociedades coloniales, los monumentos[12] y/o las estatuas han querido inmortalizar los valores de la clase dominante.

El camerunés Achille Mbembe (2008) hace un recuento de los daños del colonialismo en la vida cotidiana de la Sudáfrica después del Apartheid:

“En realidad, no existe ni un sólo pequeño aventurero blanco, buscador de oro o de diamantes, pirata, torturador, cazador, ex encargado en la administración bantú o ex gerente de prisión, que no disponga de una callejuela con su nombre en una u otra de las numerosas aldeas del país. Todas esas almas verdaderamente infames y perversas, acostumbradas en vida a guiarse constantemente por lo más bajo y despreciable (el racismo), hoy en día aparecen por todo el país como almas errantes”.[13]

Nombrar los lugares con el apellido de un hombre conquistador (o de sus herederos) ha sido una constante en estas tierras y puede rastrearse esta dinámica en gran parte de las ex colonias americanas. Los nombres diversos de la actual ciudad de San Cristóbal de Las Casas: Ciudad Real, Villaviciosa, Las Casas, San Cristóbal de Las Casas; y no Jobel, nombre originario para la cultura aquí asentada, la Maya. Cerca de Jobel encontramos otras ciudades chiapanecas: Comitán (de Domínguez), Tuxtla Gutiérrez, Chiapa (de Corzo).

La calle General Utrilla y su “Casa Utrilla”, ahora convertida en restaurante, tienda de ropa “hindú”, salón de clases de baile y usos múltiples. La “Casa Mazariegos”, así llamada por Diego de Mazariegos, quien extirpó esta ciudad de Jobel a lxs mayas para ponerla en control de la corona de Castilla en 1528, es hoy sede de una tienda, galería y restaurante en uno de los andadores turísticos principales de la ciudad. En ella resuenan nuevos apellidos con renovadas connotaciones de la blanquitud: los Suárez, coletos (así se autodenomina la gente nacida de San Cristóbal de Las Casas para hacer referencia a su ascendencia española), empresarios y políticos. 

Otras calles de esta ciudad son la Belisario Domínguez, Crescencio Rosas, Julio M. Corzo, Flavio Paniagua (un destacado ciudadano que tras su muerte nombró la calle en la que estaba su casa “colonial”)…todos estos nombres de las calles y apellidos (Cabrera, Tobilla, Pedrero, Urbina, Velasco, por nombrar sólo algunos) conviven con renovadas escenas y corporalidades blancas “importadas” en una continuidad colonial de blanquitud más que evidente. Los nombres de las calles, los hombres en las calles. Los hombres nombrando las calles que les pertenecen. Lxs mujeres, lxs disidentes y fugitivxs del sistema ocupando las calles que no llevan -aún- su nombre.

La reciente llegada en los últimos 50 años de personajes importantes de origen europeo ha devenido en nuevos cacicazgos urbanos como el de la fundación Na Bolom, dueña de varios espacios culturales en el centro de la ciudad. Las nuevas formas de colonialismo recuerdan mucho a las antiguas: matrimonios entre coletos y europeos; expats o nómadas digitales con muffins y lattes, es que “hay mejor internet”; matrimonios que se instalan en San Cristóbal tras su jubilación, crean fundaciones y coleccionan “artesanía”[14]. Las muchas máscaras del turista representan estereotipos que, como monolitos repetitivos, recorren las calles. Si “todo turista es un colono”[15], unx debe volver también a la historia de sí mismx como ocupante de tierras ajenas y a las otras dinámicas de imposición del sistema de dominación, como la gentrificación o blanqueamiento por despojo (como lo he oído nombrar por Pablo Gaytan y Cuerpos Parlantes).[16]

LO BLANCO COMO MONUMENTO

Una de las ideas de este texto es quizá recuperar estas genealogías cruzadas de la estatua, el monumento, el estado-nación, la ciudad y el privilegio de la blanquitud para entramarlas. La pregunta para poder deshacer este enredo generador de violencia sería sobre las formas contemporáneas de re-producción de este privilegio, como gesto de un poder asesino de formas de vida no hegemónicas. La reciente turistificación de San Cristóbal, así como su gentrificación o blanqueamiento por despojo, ha venido a renovar y recrear alianzas entre las diversas herencias de lo blanco. Lo que queda como camino y aterrizaje es indagar (e indagarse), es ver si los cuerpos blancos -que caminan los andadores turísticos, son caciques inmobiliarios o regentan negocios en las calles principales con nombres de colonos- son estatuas de un régimen nuevo. Menos estático, más móvil; pero que tiene los mismos tres pilares de siempre de la supremacía blanca (retomando las palabras de Andrea Smith en el año 2016). Podemos sentir e intuir que lo blanco/los blancos actúan como un monumento contemporáneo, como una coraza con púas atravesando el campo abierto e incierto del mundo de hoy.

Lo monumentalización es una operación clave y fundamental en el sistema colonial, basado en el régimen visual-escópico. La estatua, el monumento, hacen la misma operación que la isla o el individuo –símbolo, metonimia- todo quieren que esté condensado ahí. Sin más. Por eso es tan frágil cada vez que se daña ese su símbolo. La construcción de estrellas, de influencers ahora, de monumentos, de estereotipos, es parte del proceso de blanqueamiento por los que la blanquitud  deviene “una fortaleza inexpugnable…Todo blanco es constructor de esa fortaleza” (Bouteldja, 2017, p. 54) y el monumento es el símbolo que dice petrificar su poder. Lo blanco no tiene cintura pues está encarnado en la piedra. Lo blanco monumentaliza para que no fluya, para que sean faros; para que ahí se sostenga su poder; para que sea algo en sí; llega incluso a monumentalizar al ícono y botarga del Subcomandante Marcos (aunque él y lxs demás zapatistas se rían de ello[17]). A pesar de lo que intente aparentar como otros sistemas de dominación que quieren decirse naturales o históricos, “la blanquitud no se presenta desnuda, siempre está articulada a otros dispositivos de dominación” (Garzón, 2018, p. 6).

El hombre blanco pone la estatua (la coraza) y quien pone el cuerpo y el trabajo en lo cotidiano es todx otrx sujetx no hegemónicx. En el mundo colonial los que dominan no trabajan (en el sentido colonial del término, no en el sentido comunal de faena, tequio, tarea); más bien hacen como si trabajan pues todo trabaja por y para ellos. Ellos hacen de estatuas.

Abrir el candado del privilegio y traicionar nuestra blanquitud no ha sido una constante en la historia. Hacerlo requiere cierta complicidad quizá vista como criminal por el sistema de dominación, pues diría J. Baldwin que el ser blanco es -absolutamente- una “elección moral”. Desde ahí tirar las estatuas, los nombres, si es que eso nos va a permitir abandonarnos de esa blanquitud dolorosa. Y “¿cómo hacer una historia juntxs si nuestras victorias son sus derrotas?… ¿aceptarían uds. des-solidarizarse de sus Estados guerreros?…cambien de panteón, es así cómo haremos historia y un futuro juntxs” (Bouteldja, 2017, p. 49). 

Movilización del pueblo creyente, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, Enero 2014. Fotografía tomada por Gabriela Sanabria Santos.


[1] El presente texto son notas de trabajo para “El gran desembarco. Un proyecto transmedial de (auto)etnografía de la blanquitud en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas”. Agradezco a Xvet el recorrido de la memoria de las calles de la tierra maya de Jobel.

[2] Se ha optado por dejar en masculino cuando se trata de sujetos dominantes (tales como, los colonizadores, los hippies, los blancos, etc.) y en género no binario, o X, en el resto de los casos.

[3] Tal como ilustra la siguiente noticia “oficial”, disponible en: https://www.cuartopoder.mx/chiapas/exhibenpiezadeestatuadediegodemazariegos/197874 

[4] En el libro Los Judíos, los blancos y nosotros.

[5] Boris Johnson, Primer Ministro británico, señaló en twitter el 12 de junio de 2020: “Es absurdo y vergonzoso que este monumento nacional esté hoy en riesgo de ser atacado por manifestantes violentos. Sí, a veces expresó opiniones que eran y son inaceptables para nosotros hoy, pero era un héroe y merece su monumento”.

[6]  “…ustedes han tenido que dotarse de un aparato de defensa global y estructural que asegure la continuidad del proyecto imperial, así como la longevidad y la sobrevivencia de su cuerpo social. Ese aparato político-ideológico es el sistema inmune blanco” (Bouteldja, 2017, p. 43). También en Los Judíos, los blancos y nosotros.

[7] Una forma de agradecer en Bats’i K’op (maya tsotsil).

[8] Escrito por María Teresa Garzón y publicado en 2017 (p. 75). El texto lleva por título “Blanquitud. Apuntes preliminares” y está dentro del volumen Sólo las amantes serán inmortales. Ensayos y escritos en Estudios Culturales y Feminismo.

[9] Bolívar Echevarría, Frantz Fanon, James Baldwin, serían ejemplos por fuera de los feminismos a los que aquí me refiero.

[10] En Descentrada, vol 2, nº 2, septiembre 2018, “Oxímoron. Blanquitud y feminismo descolonial en Abya Yala”.

[11] Dice James Baldwin en Ser Blanco y otras mentiras: “esta necesidad de justificar una identidad completamente falsa o justificar lo que podría ser nombrado como una historia genocida; nos ha dejado a todxs en manos de la gente más ignorante y poderosa que el mundo haya visto” (2018, p. 37). El texto está traducido y publicado por Ona ediciones.

[12] Al respecto, por un lado, es interesante estudiar el vínculo entre la categoría moderna de monumento y el surgimiento y exportación del sistema colonial del Estado-Nación y la Academia. Por otro lado, visibilizar lxs antimonumentxs. En México, entre otrxs, el de lxs 49 niñxs de la Guardería ABC, los + de 43 Ayotzinapa o la reciente antimonumenta a las desaparecidas en Guadalajara. Un antimonumento -dice Wikipedia- es una instalación, colocada tradicionalmente durante una manifestación popular, que busca recordar un hecho reciente trágico o mantener el reclamo por justicia.

[13] El texto Por un entierro del colonialismo de Achile Mbembe, fue publicado en 2008 por Le Messager (Camerún); traducido por oozebap.org; y re-publicado en castellano por Pensaré cartoneras.

[14] Para ilustrar lo anterior, basta ver: https://viernestradicional.impacto.org.mx/blog/closet-nancy-orr/ 

[15] Ambas citas son de Jodidos Turistas, de la editorial Antipersona.

[16] Sintetizando mucho es el desplazamiento de una clase, asociado a una forma de vida y a una hegemonía racial, que: encarece el costo de la vida; incremente la migración desde comunidades donde hay más carestía material y más vínculo con la tierra; disminuye la soberanía alimentaria al incrementarse la producción destinada al turismo y sus hábitos alimenticios; aumentan los riesgos de dependencia de un mercado foráneo (que no se controla en lo local). Estos puntos han sido reformulados a partir del libro de J. Gascón El turismo en la cooperación internacional. De las brigadas internacionalistas al turismo solidario.

[17] “Quienes amaron y odiaron al ‘SupMarcos’ ahora saben que han odiado y amado a un holograma. Sus amores y odios han sido, pues, inútiles, estériles, vacíos, huecos”.Así se dijo en la conferencia en la que el Sup. Marcos dejó de existir en este mundo, Entre la luz y la sombra, mayo 2014. Disponible en: enlacezapatista.org.mx  


Marc Delcan Albors

Es librero e impresor en La Reci, editor autónomo en Ona ediciones y parte de la colectiva Pensaré Cartoneras. Vive en Chiapas desde 2014, originario de Catarroja, Reyno de España.

Gabriela Sanabria Santos

Originaria de la CDMX, actualmente radica en San Cristóbal de las Casas, fotógrafa desde hace 10 años. Ciclista, videasta, radialista y aprendiz de comunicadora.


Intervención de imagen de portada: Paula Baeza Pailamilla

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