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Resignificar la memoria

Por Juana Bajo Calderón

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Entre cerros, escaleras y ascensores pasaron mis primeros años. Siempre mirando la mar acogedora y, al mismo tiempo, violenta.

Única mujer entre siete hermanos. Nuestra infancia transcurrió entre la fuente de soda de papá en calle Clave -al lado del ejército de Salvación-, la casa del cerro Los Placeres y los veranos en Corralillo. 

Gran parte del día estábamos en el llamado «barrio rojo». Nuestro patio de juegos y travesuras comprendía del muelle Prat a la Plaza Echaurren. La calle era el lugar de encuentro, ya que los conventillos y piezas de casas subarrendadas en donde vivían los niños con quienes jugábamos, no contaban con espacio suficiente para acoger a los quince  diablillos que éramos.

Cuando estábamos en nuestra casa del cerro Los Placeres, el ante jardín pasaba a ser el lugar de reunión. Entre paltos, manzanos y olivos, se armaban las pichangas. Jugábamos a la payaya, a la gallinita ciega o se hacían competencias de yo-yo. Siempre había juguitos y pancitos para compartir con los amigos. Mi padre con cuatro palos viejos construyó un club que no era de «Toby», sino de todes.

Durante varias navidades recibimos el mismo carretón de regalo, por supuesto, hermoseado y pintado de diferente color. Nos subíamos tres en él y nos lanzábamos cerro abajo, solo la plaza nos detenía. 

Pasadas las fiestas de fin de año, tomábamos la micro que nos dejaba en Casa Blanca. Ahí nos esperaba tío Pancho, quien en su yunta de bueyes nos llevaba a Corralillo, lugar donde siempre acogedora con su delantal blanco nos recibía tía María y nuestros primos, con quienes nos bañábamos en el lago, cazábamos ranas y andábamos a pelo en la yegua Blanquita.

 Por las noches, nos reuníamos alrededor del brasero, calentábamos queso y mate con leche. Tío Pancho contaba de sus encuentros con el Cachuo, anécdotas del abuelo en la Guerra del Pacífico o la muerte de nuestro tío Manuel en el levantamiento de Ránquil. También cómo tía Luisa huyó con sus dos hijas justo antes de que el campamento improvisado donde estaban, fuera asolado por las fuerzas de carabineros y las Bandas armadas de  los terratenientes.

Escuchábamos en la radio a pilas el programa La Tercera Oreja, El encuentro de dos mundos, después muertos de miedo nos acostábamos todos juntos. 

Un verano en Corralillo conocí a mamita Yaya, ella vivía en una ruka. El interior era oscuro, olía a humo, hierbas y tortillas. A mí me aceptaba y trataba con cariño, decía que poseía «el don». Las personas iban donde ella para que le recetara algunas hierbas. Era partera, mejoraba de males de amor, cortaba empachos, les rezaba a las guaguas que tenían mal de ojo y otras cosas que yo no entendía.

Lo que entendí fue que si uno está en equilibrio con su entorno, estará sano. También que la risa te protege de la enfermedad. Ese es el legado de mamita Yaya que aún conservo.

Esta etapa de mi vida, entre los trece y doce años la atesoro. Fui feliz, me sentí amada por mis padres, tíos, primos, hermanos y muchas personas que no eran de la familia. Conocerlas, relacionarme con ellas y sus diferentes realidades, me enseñaron que aquello que percibimos de las personas no necesariamente demuestran lo que son. Uno nunca ve todo lo que realmente es un ser humano.

Un buen día de febrero en los noventas armé mi maleta con muchos anhelos. Dejé mi Valparaíso creyendo que pronto volvería. En Santiago encontré a un encantador que me hizo su amante, compañera y amiga. Persona de quien he recibido más amor, respeto y compasión que la que yo le he dado. Con él tuvimos tres hijos, hemos construido un hogar. De ellos cada día aprendo, son los maestros que me ayudan a crecer.

Es verdad que he llorado la pérdida de hermanos, amigos, hijos y padres. Pero valió la pena haberles conocido y amado. A veces el silencio de un pasado doloroso, el acto de callar, busca materializarse no solo para recuperar los sucesos, eventos o información del pasado, sino para resignificar  la memoria personal y  social. Al menos, eso es lo que cada día intento.


Juana Bajo Calderón

Al recordar y compartir mi caminar, me he permitido resignificar mi historia familiar, social y personal. «La misma de siempre aunque ya no la de antes».

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